Carpintería
Escribir claro y sencillo no constituye un enojado capricho gramático.
Por el contrario; es la llave que abrirá nuestra mejor puerta de expresión ante el mundo.
Nos podrán entender, y ¡cuanto mejor si logramos convencer!…
Escribir claro y sencillo no constituye un enojado capricho gramático.
Por el contrario; es la llave que abrirá nuestra mejor puerta de expresión ante el mundo.
Nos podrán entender, y ¡cuanto mejor si logramos convencer!…
Son tus ojos
mi ventana al mundo.
Es tu llanto
mis peleas con la vida.
En tus manos
nace mi expresión.
Y en el papel
intentaré vivir
para siempre,
para siempre...
En el laberinto de las palabras puede que también haya algunas respuestas para la vida. Por ejemplo, cuán parecidas son «Fuego» y «Hierro»; «Dedos» y «Alfarero»; «Musa» y «Música». Las primeras infunden miedo. Las siguientes se moldean con pueblo. Las últimas provocan placer estético...
Ilustración: ABECOR
El 27 de abril de 1999, el mundo se enteró de que varios estudiantes de Comunicación Social de la Universidad Mayor de SAN ANDRÉS habían tomado la víspera el Edificio de la Ex- Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).
(Para quienes tomaron la COMIBOL)
A la mínima amenaza
de un decreto de tachuelas
tus cuatro esquinas juventud
se convierten en banderas.
Por cómodas y amplias aulas
canciones y gritos de guerra.
Pero con palabras de fuego
hieren tu pared de arena
porque no hay ley justa
que calme tu mirada negra.
Los señores del Gabinete
voces de escuálida brea
trazan en papeles rojos
destinos de su soberbia.
Y los soldados alquitrán
esclavos de las estrellas
torpes números sin sesos
siguen al pie de la letra
la orden de bajar todo
con sus tortugas tijera.
Zorrinos verdes autoritarios
con manos de calavera
quieren matar con sus gases
tu picante aguijón de ideas
cuando uniformes odiados
sienten réplicas de piedra.
Y se oyen desde el cielo gris
gritos de carayas negras
en medio de un ejército
pinos ciegos de hoguera.
Y han quedado medio muertos
a los pies de cuatro velas
el toro de la Autonomía
y el jaguar de la sospecha.
Desde el cuello hasta la grupa
se ven las quince flechas
de tus profundas heridas.
No muy lejos de una legua
en el pasto a lado del río
tu agresor también quisiera
aún con las cornadas tuyas
clavarte miradas de guerra.
La ciudad manos arriba
como en noches de tormenta
siente martillos en sus calles
de un nuevo dolor de muelas.
En el cielo ensangrentado
atados a sus cadenas
los sabios de las palabras
disparan condenas
al toro de la Autonomía
dizque por sus rojas ideas.
Tu insolencia imberbe
sangre marchita sobre la seda
por culpa de tu boca
que exige demandas muertas.
Los sabios de ceño fruncido
con sus palabras que queman
dicen de la juventud
tatuaje mudo de la sospecha
que nunca dijo nada
cuando se sentó a la mesa
que no sabe de sí misma
cuando sus pies sobre la tierra.
¡Ay, cómo el cielo pierde
de sus manos la primavera!
Ave que no aprendió a volar
porque ha caído muerta.
Y un soplo del viento gime
llanto de notas desiertas
al mínimo atentado
de un decreto de tachuelas.
Óscar Ordóñez A.
Debe estar usted equivocado. Nunca vino a esta casa, no sabemos cómo es, nunca oímos esa palabra. ¿«Justicia» ha dicho? Comience por esta sala pero no nos culpe, señor no va a encontrar nada. ¿«Justicia» ha dicho, usted? ¿Acaso eso tiene alma?, debe estar equivocado pero respetamos su esperanza. Foto, crédito: http//alfonsogu.files.wordpress.com
Crédito de la ilustración: ABECOR
Me encuentro sentado a una de las mesas de este café universitario. A mi alrededor, veo a todos los jóvenes ser lo que ellos son: «¡jóvenes!».
Ríen, bromean, toman el té de la tarde. Algunos prefieren un rico y caliente cafecito; otros, una limonada, una gaseosa, un jugo de frutas en cuyos vasos transparentes el antojo no tiene límites.
En cambio, hay quienes no comen ni beben nada. Prefieren sentarse a conversar o a fumar o a estudiar o a escuchar música en esos pequeños aparatos llamados I-pod o MP4.
Ver tanta tranquilidad me baña de juventud. Libros y cuadernos sobre la mesa, lápices y bolígrafos en desorden. Pero eso no les afecta. Es parte de ellos.
Al frente de donde me encuentro, dos señoritas –coquetas de belleza infinita– intercambian sobre la mesa vaya a saberse cuántas cuitas de amor travieso. Lo noto cada que sus miradas cómplices se encuentran una con la otra. Pero aparto la mirada cuando me doy cuenta de que notan mi presencia.
Eso y más, en este café universitario, es juventud: un arcoiris dentro de un recuadro, donde las libertades de soñar para sí y en conjunto halla su cenit con sólo mencionar una palabra: «¡Estudiantes!»
Posdata: ¿Y qué sucede cuando alguien extraño llega a donde ellos se encuentran y perturba esa paz, esa tranquilidad, esa autonomía en la que ellos viven?
¡Ajá!